Una esperanza perdida 1era Parte

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Volvía cada tarde pensando en la comida le tendría preparada. Amigo del buen comer, vino tinto y -a su edad- de las mujeres.

El   trabajo   en   la pesquera   lo sobrellevaba pensando en los días en Negreiros. Llevaba el desierto y el olor del cal lene impregnado en su ropa y su aliento olía a pólvora. El Chanoc había cumplido con la vida. Enamoro a una mujer la cual le dio nueve hijos, la mayoría chancletas eso sí, pero ¡dos firmes varones los cuales le devolvían el orgullo.

Alto, firme, con cada arruga en su sitio, arreglaba su pelo cano con sus dedos en forma de peineta De rostro huraño, con pantalones gastados y manos enormes, fantásticas, que sobrepasan el tamaño de su rostro y cabeza. "Con estas manos tomaba el "macho" y miles de veces", solía repetir.

Setenta y nueve años llevaba vividos; los mejores en la época salitrera. Ahora cuando intentaba recordar esos bellos tiempos, sus hijos y nietos preferían pasarle un vaso de vino porque sabían que al tercer sorbo dormiría y ya no tendrían que oír del sistema "Shank", del barretero, del particular de las Jabas y bolones.

Viejo loco, ya empezó a transmitir otra vez susurraba irreverente su nieta Ester. Y tanto que ha vivido tu abuelo, la gente pampina se muere luego en la ciudad. Será verdad la historia que contó ayer sobre el pacto que hizo con Alejandro Garba lio, el otro viejo loco que vive a la vuelta preguntaba curiosa la joven Luisa.

Por las noches Chanoc se convertía en un galán engominado mezclando sus olores naturales con unas gotas de colonia Inglesa, que nadie Jamás supo de dónde la sacaba, porque el mismo frasco nunca se le agoto Visitaba a la "Pan Duro" una viejecl1 la coqueta y fea que cada vez que podía le mostraba sus esqueléticas piernas arrugadas Pero, tenía el don de saber escuchar.

- Pancito - le decía cariñosamente, si usted me hubiera conocido allá en la pampa, cuando los bolones se deshacían y se estremecían con los golpes que yo daba con el macho El sol quemaba tanto que un día un barretero ardió completo, empezando por la cabeza.

- Ayy Chanoc, perdóneme que le pregunte, esa historia ya me la contó, pero no recuerdo el final.....

Esos "ayy" eran los que más gustaban a Chanoc. Entonces repetía nuevamente el hecho, con   satisfacción,   seguridad.   Inspiraba, exhalaba. Sus manotas graficaban el cuerpo, la contextura del barretero, de cómo el sol ardía tanto que el sombrero comenzó a humear y luego el pelo, y el barretero seguía pensando qué fuerte está el sol, hasta que el calor se fue por la espalda y llegó a los calamorros y sintió, no el dolor ocasionado por las llamas, sino que los gritos de su amigo Chanoc.

Terminaba cansado con los relatos. Se le iba la energía por los poros.   Sudaba, transpiraba, pero revivía. Con Alejandro Carballo se comprendió siempre mejor, pese a que todo Negreiros lo tildaba de "intelectual", "revoltoso" y "comunista".

Tenía ideas extrañas y hablar con él cansaba la mente. Gordo, panzón, con las bastillas deshilachadas y zapatos de cuero, además de paleto arrugado, llevaba siempre sus lentes para la miopía. Al hablar su dentadura incompleta, la cual ni por casualidad quiso mejorar, pese a que dinero no le faltaba, ni le sobraba.

Se reunían algunas noches a la semana, en el patio de la casa de Chanoc.

- Ya, ya ya, váyanse derechito al patio. Ahí van a hablar tranquilos sin que nadie los moleste, les decía la Estercita.

Entonces Carballo comenzaba a hablar de la gran crisis.

- La guerra pues amigo fue la culpable de todo, porque desorganizo la industria salitrera y obligó a que los alemanes reemplazaran el producto chileno.

Sí, pero las compañías de ese tiempo vendieron toda la producción de nitrato y al mejor precio.

Claro,   pero igual   las   empresas mantuvieron a medio salario a los trabajadores, con la chiva de las crisis salitreras y de ahí partió la ruina del proletariado pampino.....

Carballo enrojecía y se sacaba y ponía los lentes De vez en cuando metía la mano al bolsillo del pantalón, para sacar un pañuelo gris el que pasaba por su testa.

Chanoc en tanto vibraba con la charla y para sus adentros agradecía la presencia de su amigo pampino. Podía decirse que eso era amistad. Se entendían bien y pese a los enrojecimientos y apasionamientos de Carballo, Jamás en las conversaciones se alzaron las voces. La pampa y su entorno, a no dudarlo, era el vínculo principal de su amistad.

Se conocieron de niños, cuando Carballo llegó enganchado con su padre. Se criaron sobre el suelo minero, corriendo con las narices rojas, las manos partidas, los mocos colgando.

Siendo adolescentes ambos se enamoraron de la finada Auristela, que prefirió a chanoc porque no tenía guata y que murió en el noveno parto….. (Continuará)


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El primer contacto con el Ser Supremo fue un momento de mucha importancia en la vida de los niños y jóvenes pampinos. Muchos vivieron esos momentos los recordarán toda su vida. La fe que mueve montañas los escogió para seguir sus pasos. Hoy queremos mostrar esos instantes a través de estas fotos, que son ya un verdadero documento histórico.

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