LA CAJETILLA DE CIGARRILLOS

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Hace algunos días tuve una agra¬dable sorpresa que quiero compartir con ustedes. Sucedió que en un viaje a la hermosa capital del Perú, Luna, que en estas mismas páginas comenté, conocí a un muy intere¬sante personaje limeño -culto, variado e interesante en su temática y entusiasta del rico pasado históri-co de su patria. Me llevó a visitar algunos sitios de interés y. entre ellos, la casa donde había nacido y vivido el prestigioso escritor peruano don Ricardo Palma. Confieso honestamente que no sabía absolutamente nada acerca de él -historiador, periodista, escritor y poeta y (pie bahía merecido honores, me informaba entre oirás cosas mi amigo, de las Academias Españolas de la Lengua y de Historia.

A mi desconocimiento de este personaje literario peruano, mi alentó cicerone prometió enviarme a Chile alguna obra de este prolífero autor, ofrecimiento que yo había olvidado en el transcurso del tiempo. Pero, a pesar de la distancia geográ¬fica y de que las promesas se las lleva el viento aquí y en la quebrada del ají. mi amigo limeño, como hombre de buen linaje, cumplió con gentileza su voluntario ofrecimiento. Recibí así cuatro tomos muy bien empastados de una edición de 1927 -TRADICIONES PERUANAS- que bien hablan de la riqueza literaria de este exponente de las letras peruanas, don Ricardo Palma. I le querido compartir con ustedes un título de esta interesante y amena obra, referido a la toma del Morro de Arica y que, seguramente, es desconocido por buena parte de nuestros amables lectores. Ahí va.

Aquella mañana, la del 7 de junio de- 1880, habían corrido raudales de sangre peruana en el legendario Morro de Arica. Francisco Bolognesi, el inmortal soldado, había sucum¬bido cayendo en torno suyo 900 bravos de los mil 600 que formaban su cuerpo de ejército. Se había batallado hasta quemar el Último cartucho y el numeroso ejército chileno se había posesiona¬do del Morro, sin más pérdida para ellos que la de 144 muertos y 337 heridos.

En momentos de producirse el desasiré un joven capitán peruano lo acompañaban A soldados, apuntó acertadamente con su fusil a una mina oculta produciéndose la explo¬sión que dio muelle a varios chile nos y dejé) heridos y contusos a mu¬chos mas.

Disipada la espesa nube de polvo y humo se encontraron el Capitán García y sus A soldados rodeados por un grupo de chilenos al mando del Teniente Lujan, y los cinco peruanos fueron hechos prisioneros. En este momento se presentó un Coronel quien, informado por Lujan del estrago producido por la mina dijo lacónicamente: "Baje usted con esos hombres a la falda del Morro y fusílelos".

Vencedores y vencidos emprendie¬ron con lentitud el descenso de más de 300 metros que los separaban de la llanura.

Habrían caminado ya una cuadra cuando el Capitán García se detuvo y sin fanfarronía, con entera sereni¬dad de espíritu, le preguntó al oficial chileno que tenía aspecto de buen muchacho:

- ¿Me permite usted Teniente, encender un cigarrillo?

No hay inconveniente Capitán. Fume usted cuantos quiera hasta llegar a la falda.

García saco del bolsillo de su "talismán", nombre con que se bautizó por entonces a la levita de los oficiales, una cajetilla de cigarrillos de papel.

- ¿Fuma usted, Teniente?

- Sí, capitán, y gracias contestó el chileno, aceptando el cigarrillo.

- Así, continúo García, siendo este el último que he de fumar, hago a usted mi heredero de los 12 ó 15 que aún quedan en la cajetilla y fúmeselos en mi nombre.

Lujan se sintió conmovido y acep¬tando el legado, contestó -muchas gracias-, es usted lodo un valiente y créame que me duele en el alma tener que cumplimentar el mandato de mi jefe. Y sin más, prosiguieron el descenso. Faltábales poco menos de 50 metros para llegar a la sinies¬tra laida cuando a una cuadra de altura resonaron gritos dados por otro oficial chileno: -¡En, Lujan! ¡Teniente Lujan! ¡Espéreme! Lujan mando hacer salir a su tropa y retrocedió para salir al encuentro del voceador.

¿Qué había sucedido? Que el coro¬nel calmada la primera impresión reflexionó que su orden de fusilar prisioneros encarnaba mucho de injusticia, llamó a uno de sus subalternos y le mandó) que corriese a detener a Lujan. -Dice el Coronel, fueron las palabras del emisario al aproximársele su compañero, cine no fusiles a estos cholos y que los lleves al depósito de prisioneros.

-Me alegro, contestó Lujan, porque el capitancito me ha sido simpático. Como que me ha hecho nada menos que su heredero. Unido el teniente a los cautivos y a su tropa, dijo:

-Le traigo a usted una buena noti¬cia. Capitán. Va usted con sus 4 hombres al depósito de prisioneros. Ya no lo fusilo. Entonces, mi amigo, contestó el imperturbable Capitán García, se quedó usted sin herencia. Devuél¬vame mi cajetilla de cigarrillos.



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