GALLOS NORTINOS

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El Cantón Central que reunía 27 Oficinas Salitreras en Antofagasta tuvo a lo largo de su historia laboral y productiva – que de alguna forma renace en la exploración que realiza de determinados terrenos salitrales y tortas de derecho la Soc. Química y Minera de Chile, sucesora de Lautaro Nitrate C° dueña en aquellos pasados años de buena parte de ese Cantón – tuvo, decíamos, miles de trabajadores que con sus familias habitaban los diversos campamentos salitreros. Así, entre otros, por nombrar algunos, Chacabuco, Puelma, Florencia, Celia, Luisis, Blanco Encalada, Aurelia, Ausonia, Leonor, y algunas más hasta completar 27 Oficinas, entre ellas CECILIA.

Cecilia fue un importante centro productivo que aún ahora muestra en sus ruinas los restos de su pasado esplendor. Tiene, además, un importante mérito de contribución a la historia salitrera de Antofagasta. Fue allí donde se realizaron las pruebas prácticas del sistema Guggenheim que cambiaría 50 años de elaboración calichera basado en Shanks y sus múltiples variaciones.

Pero no es acerca de este tema que queremos hablarles en nuestros recuerdos, sino – tangencialmente de un trabajador de esta Oficina y de varias otras que recorrió en su vida laboral y que conocimos personalmente.

Era un hombre muy fornido y además joven cuando llegó Cecilia (que entre paréntesis paralizó sus faenas en 1943). Se llamaba Julio Adasme, “El Huaso”, bueno para los chopazos cuando se presentaba la ocasión en algún Sábado de quita y pon. Se casó formó su familia pampina y llegó a tener cinco hijos. El tiempo pasó – y como todo llega a su fin, jubiló y se fue vivir a Antofagasta donde para incrementar su pensión se desempeñaba como nochero de obras en algunas oportunidades.

Tenía un hobby muy especial. Criaba gallos de pelea en el patio de su casa y su preocupación diaria era mantenerlos bien cuidados, aumentados y entrenados.

Un día por los alrededores de 1958, invitó a varias personas a presenciar una pelea de gallos clandestino que se realizaría en la población antofagastina “La Favorecedora” y donde participarían algunos peleadores – por decirlo en términos deportivos – de su propiedad.

Fue curioso, aquel Domingo en la tarde. En un extenso patio trasero de aquella población se había preparado un redondel formado por colizas de pasto. Había mucha gente. El ambiente era ruidoso y tenso. Hacían notar su presencia muchos apostadores, los cuales, minutos más tarde, en un vocinglerío impresionante, harían a viva voz sus apuestas respectivas.

Se destacaba una persona que hacía las veces de “Juez”, muy respetado y que se notaba era conocedor de la situación y por consiguiente con muchas justas galleras en su currículo. Examinaba prolijamente los pequeños pero fuertes plumíferos, luego los pesaba y a pesos similares armaba las contiendas entre los propietarios de aquellos. La verdad que los asistentes a este espectáculo y observaba curioso cuanto se realizaba en la preparación de los combates, los cuales, al iniciarse, hacían estellar los gritos de apoyo que incrementaban las libaciones de vino y cerveza que se ofrecían en la misma casa .

Era impresionante ver, la colocación de las filosas navajas de 6 cms. Que se apoyaban fuertemente en los espolones de los gallos y que muy luego se teñirían de sangre al hundirse o cortar los cuerpos de aquellos pequeños gladiadores.

Estos parecían saber que eran el centro de todas las miradas y que deberían responder con su habilidad y fuerza combativa a las fuertes sumas de dinero que voceaban los apostadores.

Mientras los galleros preparaban a sus pupilos, entre ellos. El Huaso – que conservó hasta el último de sus días su fornida corpulencia – algunos niños de la casa convenientemente dispuestos en esquinas cercanas, estaban “ojo al charqui”, atisbando la aparición de alguna pareja de carabineros para dar aviso correspondiente, a la expectación y nerviosidad de los acontecimientos.

De esta forma, en aquella tarde dominguera de 1958, en Antofagasta, gallos de pelea nortinos dieron comienzo a sangrientos encuentros de peleas de gallo en la clandestinidad.

ATILIO ARAYA C.

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