EL ENTIERRO DEL CERRO TRES TETAS

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Entre las tradiciones de las oficinas salitreras encontramos lo que se comentaba de los tesoros guardados por los ciudadanos peruanos al escapar hacia su país durante la guarra del Pacífico, enterrados en lugares secretos en la soledad de la pampa.

 

De pequeño escuché de los ancianos de dos tesoros enterrados cerca de la oficina Humberstone, uno cerca del cruce con la línea de la locomotora que traía a los particulares desde Cala Cala, que era custodiado por un “Jinete Descabezado” y el tesoro de las “Tres Tetas”, nombre dado a los cerros que quedan entre los ripios de Humberstone y el oasis de “El Bosque” hacia el norte de la oficina. Y de este último es el siguiente relato.

 

Corría, el año de 1955, y vivíamos en la calle Manuel Rodríguez en las casas de madera, cuando llegaron de la zona sur del país, una familia de apellido Roca (apellido ficticio) que tenía tres hijos entre 10 y 16 años de edad, quienes según ellos no le temían a nadie. En su localidad habían peleado hasta con el diablo en varias oportunidades, encerrado a fantasmas y aparecidos.

 

En vista de tantos cuentos junto con cinco amigos más, empezamos a tramar como hacerlos quedar mal, alguien recordó lo del Tesoro del Cerro de las Tres Tetas, en que se contaba que los días jueves aparecía un mate (calabaza) que en su interior tenía encendida una vela de color rojo, y que había de ir sólo tres personas, sino, el mate desaparecía.

 

Conseguimos un mate que encontramos entre unos cachureos, derretimos una vela y la teñimos de rojo con anilinas, conseguimos varios sacos harineros y nos preparamos. Primero fuimos al sector elegido en el cerro de las Tres Tetas e hicimos un hoyo de unos 2,5 metros, luego lo llenamos de nuevo con tierra seca y la apretamos de la misma manera que lo hacían los particulares en las calicheras, y con los sacos preparamos especies de túnicas como “fantasmas” y ya estábamos listos.

 

Les contamos a los hermanos lo del tesoro y como ellos eran valientes podían ir a buscarlo porque a nosotros nos daba miedo, y luego nos dijeron que ese jueves irían en busca de ese tesoro.

 

Ese día nos fuimos cerca de las seis de la tarde y nos escondimos entre las costras de caliche y esperamos, pero, hasta cerca de las ocho y media de la noche y no pasó nada.

 

A la semana siguiente nos fuimos de nuevo y esperamos, por efecto de iluminación de la oficina, veríamos sus siluetas al aparecer por arriba del ripio. Para llegar al sector se bajaba el ripio, se bordeaba la gran poza de “Agua Vieja”, se pasaba por el árbol de Peter Pan (en la actualidad sus ramas secas aún se alzan hacia el cielo), luego se podía llegar caminando cerca de unos 500 metros.

 

Aparecieron sus siluetas cerca de las ocho de la noche. Se alumbraban con un chonchón a petróleo, y esperamos. Cuando venían pasando por el árbol de Peter Pan, encendimos la vela y nos ubicamos cerca muy de donde estaba la excavación… Llegaron, miraron a su alrededor pero no distinguieron nada, traían un chuzo, una picota y una pala… con el chuzo empezaron a buscar lugares donde el terreno estuviera suelto, picaron primero en un lugar cerca de donde habíamos hecho la excavación y desistieron pues estaba muy duro, buscaron de nuevo y encontraron el lugar exacto. Comenzaron a cavar, primero trabajó el menor, más tarde el mediano que cuando llevaba cerca de medio metro salió y empezó a cavar el mayor.

 

En ese rato le lanzamos una piedrecilla pequeña al menor en su espalda, se tocó el lugar donde recibió el golpe y le dice muy asustado a su hermano “Lucho me tiraron una piedra”, “¡cómo te van a tirar piedras si estamos solos!”, luego fue otra y otra piedrecilla, y él reclamaba “¡¡¡ me siguen tirando piedras!!!” el hermano mayor se levanta para calmarlo y nos levantamos con las capuchas de saco harinero y gritamos muy fuerte ¡huaaaaaaa! Ellos se asustaron dejando sus herramientas y arrancaron a “patitas parque te quiero” en dirección a la oficina.

Nuestro grupo se sacó sus capuchones, y comenzamos a reírnos mientras en medio de la oscuridad, los tres valientes hermanos corrían a perderse. En ese instante desde las mismas costras de caliche en que nos escondíamos anteriormente, se escuchó un nuevo y fuerte grito de ¡¡¡¡Grrruuuúaaaaaa!!!!

 

Al mirar hacia allá, para terror nuestro, vimos en el aire una máscara de “diablo” muy grande color plateado e iluminada y… Ahora los que arrancamos fuimos nosotros y tanto era nuestro miedo al diablo que partimos por el sector por donde aparecía la “viuda”.

 

Pasaron varios días y nadie hablaba de el tema hasta que un día un vecino apodado “el viejo coca” (porque masticaba hojas de coca constantemente) nos llamó a su casa y nos entregó los sacos y las herramientas y mientras se reía de muy buenas ganas, nos mostró su máscara de diablo que usaba en la fiesta de La Tirana, estaba pintada con pintura fosforescente

 

y en el cerro de las Tres Tetas la iluminó con una linterna a pilas, y debido a la oscuridad del lugar nos pareció que estaba en el aire.

 

Cuando salíamos de su casa nos dijo “cuando quieran asustar a alguien más, avísenme y yo sólito lo hago, jajá ja ja”.

 

Claro que nunca más lo volvimos a hacer una broma como esa.

Mario Rojas Oyanadel

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